RAÍZ DE ARAUCO. ¡Siéntate. Conversemos! (Por Lidia Mansilla Valenzuela, Arauco. Poeta)

Mi invitado: El Parkinson
 
Un día llegó alguien a mi cocina sin golpear la puerta. Era alto, flaco, y se sentó solo en la otra silla. No trajo pan. No trajo vino. Trajo temblor. "Soy el Parkinson", dijo. "Vengo a quedarme."
29 de junio de 2026Periódico LITERIAPeriódico LITERIA

Yo estaba cebando mate. Se me cayó la yerba al suelo. "Aquí no te invité", le contesté. Él sonrió con media boca, la otra no le obedecía. "Por eso vine", dijo.

 Los primeros días me sacó todo. Me sacó la prisa de las manos. Me sacó el equilibrio de los pies. Me hizo derramar el agua tres veces antes del desayuno. Me hizo buscar las mismas llaves en los mismos bolsillos. Me hizo olvidar palabras en medio de una frase.

 Yo le gritaba: "¡Vete!" Él no se iba. Se quedaba mirando la mesa. Como si esperara que yo dijera otra cosa, una cosa más baja.

 Una tarde, cansada de pelear, le serví mate igual. Empujé la taza hacia él con la mano que menos temblaba. "Ya", le dije. "Si no te vas, conversa. ¿Qué quieres de mí?" Él tomó el mate con las dos manos, porque una sola no podía.

Sopló despacio.

"Quiero que hables lento", dijo. "Cuando el cuerpo se pone lento, la boca se pone honda.

Ya no gastas palabras. Las guardas para lo que importa. Borras lo de más. Te quedas con el hueso."

 "¿Y yo, qué gano?", pregunté. "Ganas terco", respondió. "Porque si escribes con la mano que tiembla, es porque de verdad tenías que escribir. Si caminas lento y llegas igual, es porque ese camino era tuyo."

 No le creí altiro. Le di la espalda. Esa noche se me cayó el lápiz tres veces. A la cuarta, lo agarré igual. Escribí una línea torcida. Era corta. Pero era verdad.

 Al otro día volvió a la mesa. "¿Viste?", dijo. Yo no le contesté. Pero le dejé la silla tirada. Pasaron semanas. Aprendí sus reglas. Cuando tiembla la letra, le digo: "Escribe igual. Temblando también es escribir." Cuando se traba el paso, le digo: "Camina igual. Lento también es llegar." Cuando se me va una palabra de la boca, le digo: "Cállate un rato. El silencio también dice."

 Él me enseña el cuerpo. Yo le enseño la boca. Él me pone pausa. Yo le pongo palabra. Trato justo. A veces me gana una ronda. Se ríe cuando se me cae el vaso. Otras veces se la gano yo. Me ve escribiendo a las once de la noche con la mano tiritando y no dice nada. Solo mira.

Hoy volvió a sentarse. Ya no me enojo cuando llega. Le corro la silla y le paso el mate. "¿Qué toca hoy?", le pregunto. "Toca contar", dice.

 El Parkinson sigue siendo mi invitado. No toca la puerta. Se sienta nomás. Come de mi plato. Duerme en mi casa. Ocupa espacio en mi cuerpo.

 Pero hay una pieza que no toca: La pieza de la voz. La última palabra. Esa es mía.

 Y mientras yo la tenga, él no gana.

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Lidia Mansilla Valenzuela es poeta de Arauco y columnista mensual de Literia, donde escribe la sección "Raíz de Arauco". Su columna trabaja la crónica y la opinión desde el territorio, la memoria y la experiencia del cuerpo, con un lenguaje directo y sin adornos.

 Ha participado en encuentros literarios regionales, nacionales e Internacionales, tiene un sitio en yotube con su programa Kalfuray, espacio que fortaleció su vínculo con la escritura y con otras voces de la provincia.

 Su trabajo se sitúa entre la poesía, la crónica y el testimonio. Escribe desde Arauco, con raíz, para nombrar lo cotidiano y lo que suele quedar fuera de los libros.

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Fuente: Parkinson (descarga gratuita de Google)