La incomodidad de lo real: negatividad y política en El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Mateo Gómez)
Periódico LITERIADesde una perspectiva filosófica de izquierda, esa ambigüedad debe ser leída políticamente: no como evasión, sino como una forma de confrontar los límites de los lenguajes dominantes con los que se intenta ordenar la realidad social después del Estallido social de 2019 en Chile y durante el Proceso constituyente de Chile.
La tentación, incluso dentro de ciertos sectores progresistas, ha sido traducir rápidamente la experiencia social en consignas claras, identidades definidas y horizontes programáticos. Esa operación es necesaria para la acción política, pero también implica un riesgo: el de borrar la densidad de las vidas concretas en nombre de una coherencia estratégica. En ese sentido, la escritura de Baroja —y en particular El lado oscuro de la sombra y otros ladridos— introduce una incomodidad que una izquierda crítica no debería eludir, sino asumir como propia.
Porque lo que aparece en esos relatos no es el “pueblo” como sujeto histórico unificado, ni la marginalidad como categoría redimible en un relato de transformación. Lo que aparece es algo más difícil de asimilar: sujetos quebrados, trayectorias erráticas, violencia sin épica, vidas que no se dejan integrar fácilmente en una narrativa emancipadora. Y aquí es donde se vuelve necesario tomar una posición clara: si la izquierda quiere ser algo más que una máquina de producción de relatos tranquilizadores, debe ser capaz de sostener esa negatividad sin domesticarla.
Esto implica un gesto doble. Por un lado, rechazar las lecturas conservadoras que reducen esas vidas a meros problemas de orden o seguridad, clausurando su complejidad bajo categorías funcionales al control social. Pero, por otro lado, también implica resistir la tentación —muy presente en discursos progresistas— de romantizar la marginalidad o de inscribirla automáticamente en un horizonte de redención. La obra de Baroja no permite ninguna de esas salidas fáciles. Obliga a permanecer en un terreno más incómodo, donde la pregunta por la justicia no puede separarse de la constatación de que lo social está atravesado por fracturas que no se resuelven simplemente mediante voluntad política.
Desde esta posición, la violencia que recorre sus textos adquiere un significado particular. No es un desvío puntual que deba corregirse, ni una expresión pura de resistencia que deba celebrarse. Es, más bien, un síntoma de una organización social que produce vidas precarizadas, expuestas, empujadas a los márgenes. Una lectura de izquierda no puede
contentarse con condenar o justificar esa violencia; debe preguntarse por las condiciones materiales que la hacen posible. Pero Baroja agrega algo decisivo: muestra que esas condiciones no se traducen automáticamente en conciencia política, ni en acción colectiva transformadora. Entre la estructura y la acción hay un resto, una zona de indeterminación que la teoría política muchas veces subestima.
Y es precisamente ahí donde su literatura se vuelve políticamente relevante. No porque ofrezca un programa, sino porque impide que los programas se vuelvan ciegos a aquello que no logran incorporar. La opacidad de sus personajes, su resistencia a ser clasificados, su incapacidad de encajar en identidades claras, todo eso funciona como un recordatorio de que ningún proyecto emancipador puede reducir la complejidad de lo humano sin pagar un precio ético.
Desde una filosofía de izquierda, entonces, la obra de Baroja no debe ser leída como un obstáculo, sino como una advertencia. Advierte contra la tentación de cerrar demasiado rápido el sentido de lo social, de convertir la política en una administración de categorías estables, de sacrificar la singularidad de las experiencias en nombre de la eficacia. En lugar de debilitar el pensamiento crítico, esta advertencia puede radicalizarlo: obliga a pensar una política que no niegue la ambigüedad, sino que sea capaz de operar en medio de ella.
Esto no significa renunciar a la acción ni caer en una especie de escepticismo paralizante. Significa, más bien, asumir que toda acción transformadora debe partir de un reconocimiento honesto de la complejidad de aquello que pretende transformar. En el Chile actual, donde las demandas de cambio conviven con pulsiones de orden y donde los discursos tienden a polarizarse, esta posición resulta particularmente necesaria. La izquierda no puede limitarse a oponer un relato cerrado a otro; debe abrir un espacio donde lo que no encaja pueda ser pensado sin ser inmediatamente corregido.
En este sentido, la literatura de José Baroja cumple una función crítica irrenunciable. No dice qué hacer, pero sí muestra lo que se pierde cuando creemos saberlo demasiado pronto. Frente a una política que necesita certezas para avanzar, su escritura introduce una pausa, una interrupción, una exigencia de atención. Y tal vez ahí radique su potencia más profunda para una filosofía de izquierda: en recordar que la emancipación no consiste solo en cambiar las estructuras, sino también en transformar las formas en que miramos, nombramos y comprendemos las vidas que esas estructuras producen.
Tomar posición, entonces, no es domesticar esa incomodidad, sino sostenerla. Aceptar que no todo puede ser integrado, que no toda vida se deja traducir en consigna, que no toda violencia encuentra su lugar en un relato. Y, a partir de ahí, pensar una política menos segura de sí misma, pero más atenta a lo real. Porque si algo sugiere la obra de Baroja, es que toda claridad excesiva —venga de donde venga— corre el riesgo de volverse, tarde o temprano, una forma de ceguera.




